Alejandra Jonte: “Siempre fui una lectora empedernida”

Cuando Alejandra Jonte dejó San Andrés de Giles para mudarse a Capital Federal, se llevó sus relatos y cuentos, que la acompañaban desde su adolescencia. Sin embargo, lo que dejaría aquí sería su fuente de inspiración: A través de la escritura revisitó las anécdotas familiares y las historias pueblerinas.

En el terreno de esta puja entre distancia geográfica y retornos literarios es que nace “Ojos de Fuego” su ópera prima que transcurre en los años ’50 y tiene como protagonista a Ana, una joven que añora una libertad que su tía le niega.

Uno escribe porque lee. Yo siempre fui una lectora empedernida” expone Jonte. “Dejé el tema de la escritura con un vuelo literario durante muchos años. Con las redes, empecé a escribir crónicas de mis viajes, despuntando el vicio con publicaciones en Facebook. Hace cuatro años tenía una historia en la cabeza y empecé a escribir“.

Esa primera incursión virtual, fue el desencadenante para recordar las historias que relataba su padre, Aníbal Jonte:Después de estar tantos años escuchando dije ‘hay que hacer algo con todo esto“. De esta manera, hace dos años surgieron las primeras líneas de “Ojos de Fuego”.

Pero lo que había empezado como un traslado de historias orales a la literatura, se transformó en un motor. Es que cuando en 2019 le diagnosticaron un cáncer mamario, la concreción de la obra fue lo que le dio impulso para seguir adelante. Esto la llevó a trabajar con Ariel Puyelli en el pulido de la novela, para luego empezar a exteriorizarla dentro de su círculo íntimo.

Hoy, ya recuperada, explica: “Con Ojos de Fuego quería contar tres cosas: cómo se lleva a cabo la fabricación del ladrillo, que me parece algo maravilloso y es algo tan propio del pueblo“. A esto le agregó una de las historias que sonaban en su casa: “En una época muy religiosa, había una agrupación católica en nuestra ciudad, que salía con unas libretas negras a anotar pecados. En los bailes espiaban por detrás de las ventanas y anotaban quién no tenía medias o quién estaba muy escotada, y después no te dejaban comulgar. También quise contar un hecho que pasó con Amelita Vargas, una estrella de la época que fue a cantar a un festival en Giles“. Estos tres puntos fueron hilvanados con el personaje de Ana.

El otro componente que aparece en la historia es el horizonte como marca distintiva del espacio geográfico, tanto cuando se muestra desnudo en el campo, como cuando es atravesado por las torres de cemento porteñas. En este sentido, la escritora declara: “En todo lo que he escrito hasta ahora, siempre está el tren como elemento particular. Porque el tren te saca del pueblo y también te trae. Y cuando viajás a la ciudad, perdés el horizonte y tenés otro mundo“.

Alejandra concluye celebrando: “He tenido unas devoluciones maravillosas. A cada persona que lo ha leído, de alguna manera, la ha retrotraído en el tiempo, o ha rememorado parte de su historia, recordado personajes“.

 

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