Coronavirus: que lo que se corone sea la solidaridad

Ana Rocha.

A raíz de todo lo sucedido con la pandemia causada por el contagio masivo del coronavirus, como psicóloga y parte activa de este momento histórico, estuve intentando repensar algunas cuestiones que tienen que ver con la salud mental en momentos en donde la libertad se volvió ambigua.

Nos vivimos quejando de que no tenemos tiempo, y ahora –los que podemos quedarnos en casa- tenemos tiempo de sobra, pero no podemos salir a usarlo como querríamos. Tenemos libertad temporal, de alguna manera, pero no espacial. El aislamiento social obligatorio no es tarea fácil, sobre todo en una sociedad que nos exige la productividad y nos impone la necesidad de hacer cosas continuamente, en una ecuación de hacer=ser.

No es casual que cuando somos pequeños nos suelen hacer siempre la misma pregunta ¿Qué queres ser cuando seas grande? En vez de preguntarnos ¿Qué queres hacer cuando seas grande? Como si ser y hacer fueran la misma cosa. Y no, ser alguien no es algo que sólo se logre haciendo. Y éste es un momento oportuno para replantearnos estas cuestiones.

Entonces ¿qué sucede cuando no podemos salir a hacer esas cosas que siempre hacemos? El trabajo, el deporte, el estudio, la cerveza con amigos, los paseos por el centro, las visitas y los mates, todo lo que de alguna manera nos hacer ser quienes somos, y de repente no se puede. Una prohibición que exige compromiso social y que a la vez pone en jaque nuestra identidad, las cosas que nos definen como quienes aparentemente somos. Y ahí es donde se complican las cosas, para todos. Se pone en juego la ansiedad porque no hay una rutina que seguir, menos obligaciones que cumplir, preocupaciones que no existían se materializaron y la vida se volvió rara y diferente en un par de días.

Estoy escribiendo esto un 24 de marzo, día nacional de la memoria por la verdad y la justicia. Si bien el tiempo es relativo, y cobra dimensión según el contexto, lo que ocurrió a partir de ese 24 de marzo de 1976 nos es contemporáneo porque si no lo viviste, lo vivieron tus padres o tus abuelos. Todos estamos atravesados por lo que sucedió en aquella época, directa o indirectamente atravesados, como sociedad. Hoy considero, que esta cuarentena –salvando las grandes distancias por supuesto, y espero que nadie se tome a mal que traiga este tema a colación- resignifica algunos sentimientos que aquella época oscura dejó en nosotros. El no poder salir de casa, los horarios establecidos, el miedo y la incertidumbre por no lograr entender la magnitud que esto podría alcanzar; cuestiones que nos movilizan más todavía en esta fecha, de memoria, particularmente.

A diferencia de aquel momento, hoy estamos sobreexpuestos a la información, tanta información que apabulla, marea, genera miedo y ansiedad. Es necesario cortar un poco con esto, establecer un límite para protegernos y resguardarnos. Estar informados está bien, pero los excesos nunca son buenos. Les recomiendo que puedan darse un espacio para ustedes, aprovechar este tiempo para poder pensar en nosotros, encontrar cosas que nos gustan, hacer cosas que nunca teníamos tiempo para concretar.

Combatir la ansiedad que genera este encierro estableciendo pequeñas rutinas en casa, realizando actividad física o tareas que conlleven el uso del cuerpo para mantenernos activos y cansarnos un poco. Generar una comunicación consciente, en lugar de mirar todo el tiempo las noticias, conectarnos con las personas que vivimos, o usar la tecnología para contactarnos con quienes tenemos lejos, físicamente, pero que siempre sentimos cerca. Intentemos establecer conexión con nuestros deseos, con nuestro cuerpo, con nuestros sentimientos y necesidades. Es tiempo de escucharnos.

Es un buen momento para generar hábitos de autoconocimiento, pensar en nosotros es algo que muchas veces se nos pasa de largo en la rutina cotidiana. Generalmente sabemos qué nos gusta comer, qué serie mirar, cuántas horas necesitamos dormir, cuánto vamos a trabajar y cuánto dinero necesitamos para pagar las cuentas; pero pocas veces nos tomamos el tiempo de preguntarnos qué cosas hacemos por nosotros, qué cosas disfrutamos, quiénes somos más allá de lo que elegimos hacer.

¿Para qué hacemos lo que hacemos? ¿Para quién?

Este aislamiento social obligatorio, justamente nos obliga a una pausa, para pensarnos como sujetos y como seres sociales, partes de un todo.

Muchas veces desestimamos la salud mental. Todos contamos cuando nos duele la garganta y vamos al médico si no nos sentimos bien físicamente, al odontólogo si nos duele la muela y al traumatólogo si nos doblamos un pie. Pero nos cuesta mucho más permitirnos hablar del miedo, la ansiedad, los ataques de pánico, las obsesiones, la angustias, y los momentos de soledad desesperantes. Todos los síntomas que se manifiestan psicológicamente y que incluso pueden ser tan patológicos como el pie roto o el dolor de muelas, suelen ser desestimados, no lo contamos, nos da miedo lo que van a pensar, no los escuchamos. Parece que lo que no se ve, no existiese, pero la angustia existe, la ansiedad existe, la depresión, los trastornos de la alimentación o de la identidad, el miedo, las fobias, existen. Son tan válidos como un hueso roto, y los psicólogos muchas veces podemos ayudar a encontrar la cura, como un yeso o la bota.

Por eso, y teniendo en cuenta todo lo que estamos viviendo, como profesional de la salud mental les propongo que si no nos sentimos bien pidamos ayuda. No está mal tener miedo, angustiarse por el encierro, extrañar hasta llorar o desesperarnos por no poder salir o no saber cómo vamos a resolver ciertas cuestiones. Los psicólogos no tenemos una varita mágica, ni una receta que funcione para todos, porque no todos necesitamos lo mismo, pero, el uso de la palabra es terapéutico; hablar de lo que nos pasa, pedir ayuda, aceptar que no tenemos que estar bien todo el tiempo, activos, productivos, felices, y hablar. Hablar de esto con la naturalidad con la que lo haríamos del pie roto, puede ayudarnos a encontrar la calma en semejante caos. Porque de esto salimos entre todos, y porque esperemos que lo que finalmente corone este virus sea la solidaridad, la comprensión y el respeto por nosotros mismos y por el otro.

 

Ana Belén Rocha

Lic. en psicología MP. 25851 @Psico.ig

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