Un caballo verde

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Ilustración de Enrique Verdasco.

Por Nahuel Augusto Carlos Urvino. Cuento seleccionado en el Concurso Literario Alejandro Vignati.


Aquella noche no soñó con el caballo verde, lo cual le resultó extraño, ya que poco a poco se había ido habituando a el. Había comenzado a soñarlo irregularmente hacia finales de noviembre, con los primeros calores, y continuo haciéndolo todo el verano hasta bien entrado marzo.

Por entonces el cuadrúpedo todo lo había devorado. Se le había despoblado el sueño de rostros, voces y paisajes. Solo el enorme animal verde, derrumbado ante un misero arbolito en la esquina de Moreno y España, poblaba sus noches para su desconsuelo.

En un primer momento no le presto demasiada importancia al asunto. Sin embargo las noches se fueron sumando hasta que su visión se fue transformando en un solo cuadro. Una visión sostenida que se inmiscuía en su descanso y comenzó luego a perturbarlo también en la vigilia.

La cuestión era compleja, a pesar de la simplicidad de lo soñado, que jamas revestía cambio alguno. Alfredo miraba siempre al caballo desde el mismo punto, situado a unos veinte metros en un angulo de noventa grados. Sin embargo lo miraba sin poder dejar de verlo durante toda la extensión del sueño de sus noches. Es mas, ni siquiera le era posible apartar su mirada de él un instante o pestañar siquiera.

Para colmo de males, el tiempo que percibía durante el sueño era equivalente al de la vigilia, por lo que cada minuto soñado, se correspondía a un minuto real.

Cuando Alfredo comenzó a sentir que la situación se le iba de las manos intento poner fin a la repetición inventando un sistema de postas durante la noche. Pensó en dormir algunas horas, despertar y volver a dormir luego para así soñar distinto. Pero el método falló. Y falló no porque el no despertara como lo había planificado al ajustar en postas de dos horas su reloj; sino porque cada vez que volvía a dormir sus ojos se clavaban inamovibles en el verde animal. Un animal inmóvil, que sin signo alguno de vida y en un verde tono pastel se encontraban allí tirando al parecer sin esperar nada de nadie, y mucho menos de Alfredo, que habiendo repasado en su cabeza los pocos caballos que había visto en su vida, no encontraba lógica alguna a la tortuosa repetición.

Llego a pensar que Dios le había impuesto, como castigo por algún pecado ignorado por el, aquella imposición dantesca. Pero luego recordó que no recordaba haber muerto, por lo que un infierno anterior a su muerte no tenia ningún asidero teológico.

Entonces también pensó en terribles series de coincidencias que confluían en un mismo punto, su sueño, aunque las descartó, como descartó también la demencia, la tozudez y distintas opciones de maleficios.

Es que Alfredo era un hombre racional, enfrentado a un problema que se resistía a su razón. Un sujeto cartesiano inmenso en un paisaje onírico, donde toda la explicación; mejor dicho, todo intento de ella, se desbarrancaba desde la altura de sus antiguas certezas.

Sin embargo, mientras los días se acortaban, comenzó a sentir que el y el caballo verde se emparentaban en un pequeño horror. Un horror cotidiano, omnipresente y simple. Un horror privado donde sólo ellos comulgaban. Donde sólo ellos se sabían y emparentaban.

Por eso, la noche que no soñó con el caballo verde se sintió extraño, como si una ausencia se agitaba en sus parpados que se desperezaban al compás de una respiración extraña. Sin embargo creyó sentirse aliviado, ya que toda una noche no había soñado al temido animal. Toda una noche, la noche le había pertenecido.

Entonces volvió a sentir confianza, pensó que probablemente todo había sido una extraña pesadilla; que se levantaría de la cama y un hermoso noviembre la aguardaría tras la puerta.

Pero no fue así, la que pronto, el amarillento sabor del pasto de marzo en su boca, le recordó que el otoño, comenzaba a clavarse en todas las cosas.

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