El fotógrafo

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Foto de internet.

Por Daniel Dolera. Cuento seleccionado en el Certamen Alejandro Vignati.


El rio Lujan corría lento por el Parque Municipal de Mercedes.

Con una anchura de unos 15 metros, sus aguas grises arrastraban algún que otro desperdicio. Había llovido en la semana, u en el feriado de hoy, los primeros rayos de luz vespertinos luchaban con las nubes para abrirse paso y desnudar una profusa y caótica vegetación. El fotógrafo bajo del auto con su familia y echaron a andar en la soledad del parque. De tanto en tanto, el niño de dos años correteaba por los altos pastos cayendo de narices. Mas allá, cruzando el rio a través del deteriorado puente, se podían distinguir los colores despintados de los juegos infantiles. El niño iba en esa dirección. Una chica, de unos 13 años, jugaba sin participar de los juegos; caminaba con gracia alrededor de una calesita que de vez en vez acariciaba. Llevaba puesto un sobretodo oscuro de adulto que le alcanzaba los delgados tonillos, y sobre sus hombros, caía un cabello desgreñado y castaño que le daba un toque exótico. Al fotógrafo le llamó la atención aquella figura. Y se acercó. El niño intentaba subir a un tobogán, llamando con la mirada a su madre.

-¿Puedo sacarte una foto? –le dijo el fotógrafo a la chica, en un susurro. La chica no respondió, y siguió paseando alrededor del juego. El fotógrafo no insistió y se puso a hablar con su mujer. Luego la chica salió de la calesita y corrió en diagonal a la altura del puente y se detuvo en un árbol añoso, rodeado de un inmenso charco. Giró alrededor del inmenso árbol como lo hacía en la calesita; en el rio, otros niños como ella, jugaban con arrebato a pescar y a decirse tonterías. El fotógrafo se soltó de la mujer y con sigilo despego la cámara del pecho y sin pedir permiso disparo tres veces. La chica siguió girando, ausente, como un espectro, y sin que nadie se diera cuenta se dio a la fuga. El fotógrafo se sintió satisfecho con la toma, aunque hubiese preferido acercarse más.

Volvió a reunirse con su familia cuando más allá del charco, a unos 50 pasos, escucha una voz de hombre que grita. La voz provenía de un paraje, de donde emanaba una columna de humo que se quebraba en la humedad del aire. Un paisaje bizarro, constituido por una camioneta desvencijada y trastos de todo tipo que conformaban una suerte de barricada. Era un paraje de gitanos. La voz salió del lugar gritada por un hombre, que de lejos parecía bajo y grueso. Se acercaba y amenazaba. El fotógrafo no sabía si el grito estaba dirigido a él o a alguna otra persona que no habría distinguido en el solitario y vasto parque; prefirió entonces permanecer en su sitio; sin moverse un centímetro, a la espera. El gitano se acercó más todavía y no había dudas de que los gritos iban en su dirección, provocadoramente. El charco los separaba. Su mujer y el niño parecían estar detrás de la situación. Los demás niños seguían pescando. El grueso hombre cruzo el charco, gritando, gesticulando con los dedos en punta hacia el fotógrafo. Amenazaba con que le sacara una foto a él, si era capaz de animarse. El fotógrafo no tenía dudas de que toda la escena estaba dirigida hacia su persona, supuestamente hacia sus actos. Juntó valor y no se movió un pelo. Sus rodillas temblaban. El gitano estaba casi encima de él y lo insto, definitivamente, a que le tomara una foto. El fotógrafo elevo su cámara a la altura de sus ojos y vio a través del prisma unos bellos ojos verdes que lo miraban con odio. La cámara hizo clic, a unos diez centímetros de ese rostro cetrino y lleno de rulos: el fotógrafo sintió en su vientre un frio de metal que lo hizo tambalear, cayendo de rodillas sobre el pasto mojado, con la cámara al cuello, mirando a su mujer y a su hijo que lo observaban azorados cerca del puente. A un costado del charco, los niños seguían pescando.

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