El plan de Ernesta

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Ilustración de Eduardo Verdasco.

Por Mirian Graciela Brousse. Cuento seleccionado en el Concurso Literario Alejandro Vignati.


Atravesó la calle con paso seguro, los hombres erguidos y una mueca similar al esbozo de una sonrisa. Su plan había sido puesto en marcha y en pocas horas seria libre.

Las primeras luces del día imponían un marco de felicidad y movimiento a la ciudad. Pero el aire frio hacía pensar seriamente en salir del cálido ambiente hogareño. Además, el pronóstico indicaba fuertes tormentas eléctricas, descenso de la temperatura por la noche y mal tiempo toda la semana. Pero a Ernesta eso no le importaba demasiado. En su mente solo una idea iba afirmándose con el paso del tiempo. No aguanta más. No soportaba la vida gris que compartía con su esposo hacía más de treinta años y con Adela, una señora mayor que atendía por las noches en casa de ésta.

Todo comenzó cuando Eduardo cambió de empleo y se vieron obligados a radicarse en otra ciudad. Pero eso no fue lo único, a raíz de convertirse en la mano derecha del presidente de la empresa, vinieron las famosas reuniones fuera de horario, cenas con otros empresarios, viajes de negocios, llamadas telefónicas, donde dulces voces femeninas preguntaban por él, creando un manto de sospecha tal que Ernesta no podía conciliar el sueño. Se volvió callada, taciturna e irritable. Siendo muy diferentes los comentarios acerca de su marido al que todo el mundo describía como una persona afable, respetuosa y de buen talante.

La vida de ella giraba siempre sobre lo mismo: salir del domicilio al atardecer para regresar al mediodía siguiente con los brazos cargados de bolsas de comestibles. Toparse por el camino con vecinas curiosas de lo ajeno, que adornaban sus horas inventando romances, futuras rupturas matrimoniales, y por supuesto, fieles a la telenovela de moda. Ese mediodía se cruzó a la Sra. Gómez. Mujer de considerable altura y de una delgadez tal que cualquier vientito podría quebrarla. Sin embargo la señora gozaba de muy buena salud además de poseer una larga lengua y atentos oídos. Siempre dispuesta a ayudar al prójimo a cambio de jugosos diálogos que engrosaban su fichero de información vecinal. En ésta oportunidad la Sra. de Gómez con suma maestría y gran despliegue arrebata las bolsas a Ernesta y se ofrece a acompañarla hasta la casa insistiendo en dejarlas sobre la mesada de una cocina. Una vez allí, luego de una rápida inspección ocular, sus ojos de lechuza detectaron que una de las hornallas estaba encendida y denunció con potente voz: – Fíjese ¡Qué peligro dejar esto así! – Ernesta que la seguía con desgano contesta: – Es mi esposo, siempre lo hace, no sé en que piensa – y por lo bajo dijo para si: – seguro que en mi no – Dato éste que la Sra. Gómez recogió rápidamente al tiempo que se abría la puerta del baño y emergía Eduardo a medio vestir. Las mujeres se miraron. Ernesta preguntó a su marido a qué se debía su inusual presencia en la casa. Éste. Dibujando una media sonrisa, añadió que viajaba después del almuerzo para regresar antes de la medianoche. Mientras se dirigía al dormitorio para terminar de cambiarse, acotó sin dejar de mirar el techo: – Si…, siempre olvido apagar la hornalla, es una costumbre que heredé de mi familia – La Sra. Gómez balbuceo un saludo, y considerando que los minutos transcurridos allí habían sido ya los suficientes, emprendió la retirada con agiles movimientos.

Ernesta quedó sola en la cocina. Automáticamente retira un pollo del refrigerador y con inusitado interés busca la cuchilla más filosa para arremeter con todo sobre el cuerpo inerte del ave que yacía sobre el mármol de la mesada. Su esposo la observaba con asombro y mientras anudaba la corbata le señaló: – Parece que te ensañaste con el pollito. Hum… bueno, te dejo tranquila -. Acto seguido sale del lugar tan sigilosamente como había entrado. Ella levanta la vista y apuntó: – ¡¿No te quedaras a comer entonces?! – sólo escucha por respuesta el golpe de la puerta de la calle al cerrarse. La ira la invade de repente y tomando al pollo del cogote lo arroja contra el piso para zapatearle encima mientras aúlla como un lobo. El teléfono interrumpe la catarsis.

Era Eleonora, una amiga que llamaba para despedirse ya que a la mañana siguiente saldría en un vuelo a España de vacaciones. Qué suerte la de Eleonora. Había enviudado un par de año atrás, y desde entonces, no hace más que disfrutar del capital heredado de su marido. Recordó a Carmen, otra amiga del “Club de las Liberadas”, con un divorcio a cuestas, pero con la fortuna de que su ex marido, culposo y arrepentido, se fue dejándole la casa, el coche y una considerable suma de dinero para ella y sus hijos. Ernesta ni siquiera pudo engendrar medio vástago porque un análisis de sangre había arrojado como resultado que Eduardo era estéril. Ni para eso le servía.

Abrumada por las ideas y llena de resentimiento permaneció impávida durante largo rato con la vista fija en la hornalla. Afuera el viento ya se hacía sentir y las nubes se agolpaban muy rápido oscureciendo la cocina. En poco tiempo la casa entera fue cubriéndose de penumbras y el silencio se perdió en ella. Mientras que en la cabeza e Ernesta giraban, en danza mefistofélica, las palabras que iban repitiéndose cada vez más con exactitud de una ecuación matemática: gas, asfixia y muerte. – Sí – se dijo – es hora de llevar a cabo el plan -. Dejaría todo preparado para que una corriente de aire provocara el apagado de la hornalla, que seguro su marido dejaría encendida, y cuando el gas se soltara, Eduardo pasaría a mejor vida otorgándole a ella la tan deseada libertad. A pesar del esmero puesto en cada detalle, en su interior, ella sabía que no era un buen plan. Pero necesitaba experimentar emociones nuevas y, fundamentalmente, un cambio en su penosa vida. Aunque fallara en el intento la adrenalina que esto le provocaría le era suficiente. Deseaba que el tormento de su vida apretara el cuello de su marido hasta dejarlo sin aliento. Que el último suspiro fuese tan angustiante como la suma de todos los que ella había proferido cuando encendía la hornalla para calentar la cena al fantasma que ocupaba la silla de Eduardo. Cuando creyó que todo esperaba listo, echó un vistazo al reloj de pared y con una energía fuera de lo común se dispuso a ir a trabajar.

La lluvia había comenzado. Ernesta caminó muy rápido sin importarle pisar sobre los charcos de agua hasta llegar a la casa de Adela. La señora de ochenta y siete años, que desde hacía diez, la esperaba todos los días con la misma ansiedad que a un novio. Cuidarla y atenderla no era demasiado agotador, pero con el transcurrir de los años, esa tarea había adoptado el mismo tinte grisáceo con que estaba teñido todo en su vida. Esa noche, Ernesta estuvo más que atenta a cualquier indicación. Sin embargo, una rara sensación de ahogo se estaba apoderando de ella con más fuerza a medida que se acercaba la medianoche. En la calle, el viento azotaba sin piedad y la lluvia era incesante.

Terminada la cena administró a Adela una dosis doble de pastillas para dormir y luego de acostarla en la cama se dejó caer en la silla contigua a esperar que transcurra el tiempo. Pero al cabo de unas horas un súbito dolor de estómago la obliga a levantarse, inquietándola. Entonces decide abandonar el dormitorio.

Caminó con bastante dificultad y al llegar al living se sentó en uno de los sillones. Sus ojos permanecieron fijos en el fuego de la chimenea e inmediatamente terribles consecuencias si algo fallaba, el medio comenzó a adueñarse de su ser, le temblaba el cuerpo y las manos se les humedecieron. En su mente fueron cobrando protagonismo la imagen de la cárcel, los barrotes de una celda y el dedo acusador de la ley. Recordó que en más de una oportunidad había comentado que ya no soportaba a su marido y que la vida le cambiaria mucho si enviudara. Un escalofrió angustioso la clava aún más en el sillón tensándole los músculos. Turbada por sus pensamientos se levanta y comienza un ansioso peregrinar por entre los muebles añejos sin lograr calmarse, hasta que al fin, decide regresar a su casa para detener el plan y dar fin al tormento de sentirse presa de una situación insoportable. Tal fue su apuro que olvidó abrigarse y llevar el paraguas.

Eran cerca de las dos de la madrugada. Una copiosa lluvia cubría el barrio desde las tinieblas iban enredándose lentamente en sus pasos. Caminó con desesperación por las veredas mojadas luchando contra el viento entre casas apenas iluminadas por pálidas luces de neón. Los faroles de los autos distorsionaban los colores del aire nocturno y ella sola contra la cara de la noche. La bocina de un auto la sobresaltó y pensando en la policía corrió hasta resbalar y caer de bruces en el medio de la calle. Atontada por el golpe, se sentó como pudo para quitarse los zapatos y apretujarlos contra el pecho. Con el poco aliento que le quedaba se fue poniendo de pie. Una ráfaga de viento la envolvió haciéndola girar y caer nuevamente al suelo. Los cabellos mojados le tapan la cara, y cuando por fin pudo entreabrir los ojos, se topó de frente con otros dos ojos. Pero éstos eran grandes, luminosos, y muy amarillos, parecidos a los de un gran dragón salido de la nada que la devoró en un instante.

Horas más tarde, entre la multitud allí reunida y sostenido por los caritativos brazos de la Sra. de Gómez, se encontraba Eduardo llamado por las autoridades a reconocer el cadáver. El pobre hombre sumido en una profunda congoja no salía de su asombro. Y entre lágrimas y suspiros, no dejaba de mirar la mano derecha de Ernesta que aún sostenía uno de los zapatos.

Mirian Graciela Brousse.

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