El hermano

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Ilustración realizada por Enrique Verdasco.

Por Emilio Ángel Tulissi. Cuento seleccionado en el concurso literario “Alejandro Vignati”.


Nací en Ucrania o como la llamamos nosotros, “Ukrajina”, en un hogar de campesinos, mi madre cocinaba en la vieja cocina a leña, de la que quitaba o agregaba, según el caso, los distintos círculos de hierro que tapaban la hornalla; horneaba el pan y los días de festividad religiosa (somos cristianos, ortodoxos) preparaba el clásico shmajinjam, ante mi mirada anhelante de chico esclavo, criado en las ubérrimas tierras de Donet.

Mimado, con todo el caudal de ternura de ese hombre rudo, tosco, de muy pocas palabras, que dificultaba mí mirada azul, cuando sus callosas manos mesaban el rebelde mechón de pelo rubio que caía sobre mis ojos, apenas celestes, apenas.

Las escasas familias de la comarca estaban pobladas de numerosos hijos, por lo que nunca pude entender mi condición de único descendiente y mucho menos explicarles a mis pocos amigos mi carencia de hermanos. Lo que vino a romper la monotonía de ese lento transcurrir de los días; fue el anuncio de mi padre que yo escuchaba atónito, sobre su inminente partida a Bielorrusia; sin explicarle el motivo, claro está.

Su partida fue el primer desgarro emocional de mi vida, atenuado apenas por su promesa de traerme a su regreso, una armónica, con la que soñaba desde pequeñito.

Largas tardes esperando verlo llegar, oteando el horizonte y adivinando la silueta de mi madre, insinuada por la cortina de la ventana.

Hasta que una mañana, en medio de la bruma que se elevaba de la tierra humedecida por el roció, regreso como si se hubiese ido ayer, blandiendo desde lejos en su diestra la tan deseada armónica. Dijo alzándome en sus brazos y depositándola en mis manos… ¡Está llena de música! Solo tienes que sacarla de allí.

La segunda conmoción en mi rutina consuetudinaria fue la posibilidad, impensada, de alistarme en el ejército.

Este hecho, que para cualquiera suena normal o rutinario, significó descubrir que existía más allá de mis verdes praderas y mis montañas azules, otro país;…Otro mundo y hasta otras dimensiones.

Mi incorporación, el adiestramiento; duro para casi todos pero no para mí, hecho a las rudas tareas rurales soportando todas las inclemencias del clima que en la zona de mi niñez no es precisamente muy benévolo, pero todo el tiempo como un ambiguo, sordo y difuso sentimiento, la amenaza de la guerra nos acompañaba (aunque nadie hacía mención de ello), todas las horas del día, aun las del sueño.

Y llegó; una mañana sombría como el anuncio mismo, se nos impuso del conflicto y de la rápida movilización hacia la batalla, hacia un incierto destino y (lo supe después) al encuentro de la bisectriz que trazan el cruce de las viejas calles llamadas la vida y la muerte.

Avanzamos, arrollamos, sin detenernos a recoger los caídos, nuestros o enemigos, porque la muerte nunca es tan igualitaria como la guerra… y penetramos en la Bielorrusia, casi fantasmal, nieve y bruma y rayos de sol que se multiplicaba así mismos rebotando en los cristales de roca.

Y el frio, siempre presente, mordiéndote las carnes, abriendo sendas para que se cuelen enfermedades y desesperanzas; que se convertía en un dantesco séptimo circulo cuando la noche ponía su mano helada sobre la frente de propios y extraños.

En la trinchera, cavada en ese suelo pedregoso, mezcla de protección y tumba, bordeada por la pila de cadáveres que los humores y la nieve compactaban con una sólida pared, solían mis dedos entumecidos arrancar alguna nota con mi vieja armónica, único enlace entre mi alma y mis afectos.

Pero una noche, negra como el alma de los que  nos mandaron a la muerte, ametrallados y bombardeados sin piedad durante horas, escuché sordos rumores y movimientos bordeando mi refugio.

Sigilosamente me arrastré frente a frente con un soldado enemigo, y el temor y el instinto primario de la supervivencia hicieron que las armas con su mensaje de muerte, bramarán el unísono.

Un golpe feroz sobre mi costado izquierdo logró tenderme de espaldas, totalmente aturdido, pero la preparación y mi natural condición de curtid campesino, lograron reincorporarme de inmediato. Procuré, en plena oscuridad divisarlo, cuando un relámpago prolongado proveniente del bombardeo y las bengalas, prácticamente me hizo tropezar con un joven tendido para siempre en esa estepa inhóspita, y en ese momento reparé llevando mi mano al corazón, que la vieja y querida armónica, destruida, exhaló su última nota salvándome la vida.

El asombro sobrevino al examinar el rostro, lívido, del joven enemigo y reconocer en sus rasgos la similitud con los míos realmente increíbles.

Y en ese momento, rodeado de truenos, hayes de dolor y frio, recordé aquel viaje.

La nieve, indiferente, caía sobre sus ojos, apenas celestes, apenas.

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