Eran las diez

47
Ilustración realizada por Enrique Verdasco.

Por Hugo Alasia, del libro del autor “Cosas que se ocurren” – Cuentos y poemas.


A pesar de la confusión que la situación producía en su mente, Andrea se sentía bien. Estaban juntos en la habitación de ese hotel que no podía identificar claramente. Era un primer encuentro íntimo con Pablo. Allí sus cuerpos disfrutaban apasionadamente el juego del amor y la intensidad del placer que inundaba sus voluntades mutuamente entregadas. Percibió el gozo del andar frenético que alternaba con instantes de serenidad en los que aprovechaban para mirarse, sonreír y acariciarse suavemente y sintió que el sudor de la piel sabía a aromas de jardín, como un perfume excitante que embriaga los sentidos.

Las imágenes del entorno llegaron a su mente en una mezcla sin tiempo. Los cuerpos reflejados en los espejos entre las sábanas que no los ocultaban, su ropa descuidada en el piso cubierto por una alfombra bordó, la camisa y el pantalón de Pablo sobre el colgador del baño y su portafolio apoyado en el umbral. A un costado el mueble que exhibía los objetos que ofrecía el hotel y no necesitarían usar, como aquella biblioteca del aula que estudiaban repleta de los libros que nunca habría que leer.

A medida que el encuentro les proponía la proximidad del éxtasis final, Andrea saboreó el encanto de anular la resistencia de su mente y se dejó llevar como el velero impulsado por el viento hacia un mar impetuoso. Sabía que no debía, pero deseaba, quizás demasiado, aquel cuerpo masculino que amaba desde su adolescencia. Se imaginó en las nubes, pero también vio a su amante en su realidad.

Al sentir como la furia del sexo los colmaba, Andrea gustó de esa unión piel a piel, de los besos infinitos y de la entrega sin retaceos. A él lo observó inexperto e imaginó que íntimamente también luchaba con el pecado y que también, como ella, cedía ante el placer, amo absoluto del momento.

Y después sintió, en la paz del sosiego, que una música erótica inundaba el cuarto mientras en la almohada adormecían palabras cargadas de amor. El resto que quedó en su recuerdo, fue la imagen de Pablo recogiendo sus cosas para dirigirse a la Parroquia. Seguro debía celebrar la misa de las cinco de la tarde.

Andrea y Pablo se conocían desde niños. Habían compartido la misma escuela y muchos juegos infantiles. No eran vecinos, pero en un pueblo chico es normal encontrarse con frecuencia fuera del ámbito escolar.

Andrea vivía frente a la comisaría. Pablo, en una casa por la ella pasaba comino a la escuela. La esperaba cada día en la puerta, sentado en el umbral, con el portafolio apoyado a su lado y mirando hacia la esquina donde debía aparecer Andrea. Ella lo veía doblar y lo saludaba con la mano en alto; entonces Pablo se ponía de pie y también saludaba, con una sonrisa caminaban a paso ágil, a veces tomados de la mano.

De adolescentes jugaron a ser novios, después sus caminos se apartaron. Él se alejó de la ciudad a cursar estudios en el seminario y ella permaneció junto a su madre viuda y trabajó en la librería de la parroquia. Se vieron en cada oportunidad que Pablo regresó a visitar a sus padres. Se respetaron.

Cuando Pablo recibió la ordenación, volvió a la ciudad. Muchos vecinos, conocidos y amigos, fueron a saludarlo a si nueva residencia. Andrea también.

-¡Bienvenido! –le dijo.

-Yo siempre he estado aquí –le respondió Pablo y le dio un beso en la mejilla.

Andrea se ruborizó y miró el piso. Se sentó frente a él y cruzó las piernas.

-Claro, siempre has estado en el cariño y en el recuerdo de todos, pero ahora es como si fueras otra persona.

Pablo sonrió y se detuvo un instante en el botón desprendido de la blusa de Andrea. Por allí había pasado su mano aquella tarde en el parque sintiendo el capullo naciente. Volvió a los ojos de ella.

-Soy el mismo, seré siempre el mismo… con un nuevo amor, pero tengo los mismos defectos que cuando de niños jugábamos allí en la plaza.

Y señaló la ventana.

-Los mismos defectos…

Andrea se puso de pie y se acercó a la pared de la habitación donde colgaban, ordenados como en exposición, varios cuadros con fotos. Pablo la acompañó.

¿Te acordás? La foto de egresados. Y esa con mis padres… Aquella en mi cuarto, estudiando… Esta…

Luego se volvió a sentar. Miró por la ventana. El cielo estaba cubierto de nubes. No hacía frío. Más arriba estaba el sol. Pablo puso sobre la mesa el termo y el mate.

-Cebo yo –se apresuró Andrea.

-La última vez cebaste vos… ahora me toca a mí.

-Es que hace tanto tiempo ya se me había olvidado.

Cuando Pablo le alcanzó el mate, la piel de Andrea rozó sus dedos. Después ella cerró con fuerza su mano y notó que el mate no impedía sentir el calor del agua de su interior.

-¿Hasta cuándo estarás acá?

-No lo sé. Es decisión del Obispo. Pero seguramente me iré pronto, los sacerdotes jóvenes permanecemos poco tiempo en la misma parroquia.

Andrea miró otra vez las fotos en la pared y, a través de la puerta abierta del dormitorio, la cama sin tender.

-Soy cura –dijo él-, pero eso no me obliga a ser ordenado.

-Aunque te hayan ordenado… -dijo ella jugando con la palabra.

Ambos soltaron una carcajada.

De regreso a su casa, al cruzar la plaza, buscó el banco junto al monumento. Se sentó y dejó que el aroma de los rosales le trajera recuerdos. Había sido en ese rinconcito donde se encontraron una tarde jugando a las escondidas. En cuclillas y en silencio se habían mirado a los ojos alejados del juego. Pablo la había tomado de la mano y besado en la mejilla de una manera diferente, con delicadeza y sin apuro, como la gota de rocío recorre el pétalo de una flor. Ella percibió la suavidad de su piel al devolver el beso.

Miró el reloj de la torre del templo que se elevaba por encima de los plátanos de la plaza y advirtió que su madre pronto comenzaría a preocuparse por su ausencia. Retomó el camino.

-Los mismos defectos…

Días más tarde se encontraron en la librería. Pablo vestía la camisa gris y el cuello romano que identificaba su condición sacerdotal. Andrea mostró los últimos libros llegados de la editorial diocesana. Eligió dos: uno sobre la Madre Teresa y otro titulado Los Sueños de un Ángel. Los guardó en su morral, pagó en la caja y saludó a Andrea al retirarse. Ella lo siguió con la mirada. Lo vio alejarse por la vereda rumbo al templo. Después buscó el espejo que le reflejara y allí descubrió sus alas. Se sintió etérea, por los aires en los vientos del amor. Esquivó los demonios que querían robarle las alas. Saltó de nube en nube y se hizo mariposa dando volteretas en los pétalos de una flor. Huyó de la serpiente. Fue el Pegaso de sus deseos.

El timbre del teléfono sonó interrumpiendo su vuelo. Golpeó el piso con el taco de su zapato, como si quisiera aplastar el insecto de su bronca, y atendió el llamado de su madre.

Era domingo a la mañana siguiente. Abrió los ojos como no queriendo. Los domingos se despertaba sin ayuda del reloj. Ahora tenía que acomodar sus pensamientos. Se incorporó y dio unos pasos por el dormitorio. Corrió las cortinas de la ventana y el sol de mañana diáfana inundó el ambiente. Volvió la mirada a la cama. Se sentía bien.

-Al fin y al cabo, soñar no es pecado –se dijo.

A través de los cristales contempló la plaza y más allá la torre de la Iglesia. Oyó el sonido de las campanas llamando a la misa. Eran las diez.

Comentarios facebook