Instigación postal

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Por Enrique Verdasco.

Por Antonio Castelli. Cuento distinguido con una “mención especial” en el Certamen Literario “Alejandro Vignati” (2009).


 

Al abrir la puerta, resbalé de manera imprevisible. Un sobre tamaño oficio me transportó en el envión como una tabla de skate. Porque si, decidí curiosearlo; mi reproche no fue menos espontaneo: “¡Será posible!, el destinatario no soy yo, y del remitente, nada”. Más que esperar, vacilé. Me resolví ya tarde; durante ese tiempo, destrocé y reconstruí el “equivoco” tantas veces como mi veleidoso carácter lo exigía.

A todo esto, el lugar indicado solo sirvió para corroborarme. Yo no estaba allí por asumir un gesto consecuente con mi calidad ética, sino para desalojar cualquier escrúpulo que me impusiera un deber cumplido. Ahora los tenía frente a mí: dos ciclopes vigilantes uniformados con barniz sepia. Enseguida apuré mi espera en el timbre. La chicharra no sonó. Fue entonces cuando, al sopesar el devenir, acaté mi contraorden e hice un mutis en retaguardia, no sin antes deslizar el anónimo por la rendija del umbral.

Quince días habían pasado desde mi regreso. Atrás quedaban cinco años de una relativa presencia en otros lugares. En algún momento necesite “respirar” la ciudad, entonces me reencontré con gratificantes saludos; allí mismo supe mesurar los excesos que conllevan las preguntas…

Ahora la escena no por recurrente dejaba de inquietarme; más aún, podría decir que desde cierto recuerdo inmemorial ya lo sabía. Aquello que en apariencia configuraba un rectángulo de papel, quedó demostrado apenas entreabrí la puerta…

“Al menos esta vez se decidieron por mi nombre”. Mientras me afirmaba en lo pensado descubrí que en el reverso del sobre tres puntos suspensivos concluían en un signo de interrogación. Adentro, y en prolija cursiva, leí de un vistazo: “No habrías tenido más que empujar la puerta… Esta noche (y cuando quieras) te estaré esperando. Por ahora soy tan solo G…; tu misma inicial en femenino”.

Suele ocurrirme que si alguien me dice “dónde”, yo soy el que opina “cuándo”. No fue así esta vez. De pronto me vi embarcado a la deriva; quizás para probar mí propio reto… al no rehuir un misterioso desafío.

Otra vez en el lugar, los ciclopes recobraron magnitud cuando de repente me les planté como un signo de pregunta. En eso, alguien salió de las sombras y me dejó atrás y se perdió zaguán adentro; después volvió y desapareció mientras yo resolvía mi último dilema. Ahora avanzaba por un pasillo a ciegas; un hombre que de solo parecerse no hacía más que recordarme todo cuanto conozco de mí. Metros más allá, una débil luz tocaba fondo en algo que semejaba una pared final. Hacia acá, y desde un sitio equidistante, una forma en contraluz movía sus brazos con afónico llamado.

No dudé en aceptar la invitación. Contrariamente, nadie a la vista; ese mismo espectro – ahora parlante – me lanzaba su señal desde un cubículo a oscuras. Podría decir que apronte el ánimo y supe de mi cuando apena nos encontrábamos separados por el diámetro de una mesa, entonces su presencia pudo lo que no pudieron otros miedos…

– A falta de una mejor presentación – comentó insinuante – todo haría suponer que aceptamos este momento con la inicial timidez de dos extraños. Si esto fuera así, también puedo decirte que no me lo creo en absoluto.

– ¡Qué estupenda figura! No puede ser; seguro que no, y sin embargo me invade un sentimiento de otra época.

Azorado, me escuché decir:

– ¿Quién sos?

– Me asalta un fervor trágico al ponerte sobre aviso: soy una crucial circunstancia y he planeado este encuentro para matarte de insomnio – después de una pausa, continuó -. Podes nombrarme como lo hacías por entonces: Gabi o Gabrucha o como te resulte. Para mi vos… bueno, tanto no habrás cambiado… Quiero decir, ¿te siguen llamando Willy?

– Si, aunque por estos tiempos prefiero que se me nombre en castellano dije esto no con demasiada convicción, o tal vez fue por el mero hecho de generar empatía. Sin descuidar este recaudo, indagué: – Sabrás que ahora mismo soy todo preguntas. Quería saber, fundamentalmente, qué significa eso de identificarme con nombres que pertenecieron a un ser que tanto amé.

– Sabia que te saldrías con esa – después de dar a conocer su vaticinio, prosiguió -. Por aquella época, no mucho más de cinco años, yo festejaba mi completa existencia. A partir de entonces le sobrevivo a una emoción ausente. Sé lo que presentís; así y todo te lo confirmo: soy gemela de Gabriela.

Soporté el remesón y traté de parar el mundo en sus ojos; su voz no se inmutó.

– Como te decía, durante estos años he logrado sobreponerme gracias a una obligación en suspenso pero indeclinable – ahora su mirada se fija en la mía como si buscase mi escondite mental; enseguida, agregó- : Qué… ¿te resulta contradictorio? Bueno, te comprendo, ya conocerás lo que falta; mejor dicho, podrás entenderme.

Acentuando mi asombro, pregunté:

– Entender, ¿qué?

– Lo que vos muy bien sabés… -de inmediato, concluyó-. También, claro, mi falta de rigor para buscarte; pues, por absoluta intuición, lo aposté todo a tu vuelta. Tantos doctos en psicología no podían equivocar sus tesis: siempre se vuelve al punto crítico…

Me reacomodé en la silla para ofrecer un comentario; ella no me dio lugar y me dejó frio con su sentencia:

– Ahora al juego lo banco yo. Un juego de preguntas y respuestas; sólo que una respuesta en falso puede costarte la vida – su voz era como la vanguardia del enigma. Con igual énfasis, profetizó- : Responder con exactitud no es prueba de (tu) honestidad ni garantiza tu futuro, apenas si atenuará tus culpas asumir las cosas tal cual ocurrieron; después, si aún te humaniza cierto escrúpulo, podrás rumiarlo desde olvido.

Repuesto de esa estocada, lo primero que pensé es que todo ocurre en el presente; lo segundo fue más terreno y menos explicable, una mezcla entre horror y nostalgia. Horror porque allí peligraba mi integridad física. El hecho nostálgico lo percibí con eléctrico desvelo. En cosas así andaba mi mente cuando la penumbra del lugar debido en apreciable luz; entonces, y encañonándome desde el centro de la mesa, advertí un revolver calibre 32 con cachas negras. Una reacción espasmódica me arrancó de la silla. Sin más, sentí la fuerza de una mano aplastándome en el asiento. Aquel hombre –deduje-, el que vi y pareció no verme, es éste. En tanto, y a un paso de mí, una voz que rememoré inolvidable me volvió a la realidad.

Ella vigilaba mi estupor; su cara era como un hermoso rostro de aparecido. Con imprecisa lucidez alcancé a escuchar en par de conceptos.

– Dos cosas… Mi nombre es Mercedes. Gabriela siempre te resultó fácil. Ella, en una situación asi –ni qué decirlo- sólo hubiese permanecido frente a vos para desfogar su adolescente pulsión en tu cadalso.

Dicho esto, me intimó:

– Vos dirás…

Sin importarme las consecuencias me dejé invadir por un aireado rechazo.

– Mejor sería que invirtiéramos los roles – y sin titubear, rebatí-. Tal vez, la que tengas bastante para decir sobre la muerta de Gabriela seas vos. Yo la velé con apenado recuerdo desde mi exilio.

El silencio se hizo precario ante la agilidad de los gestos. Ella extendió su brazo derecho y lo suspendió ante mí. Aprisionó las cachas negras, mientras que con pericia desplazaba el tambor; ese ruido percutió en mi sangre al observar la única carga de un balazo latente. De pronto oí su fastidio:

– Si tu argucia me hubiese resultado persuasiva, ya mismo te absolvía.

Ahora todo concurría al unísono: giraba la “ruleta” del tambor a la vez que amuraba el caño en mi entrecejo; como si nada, un estampido estéril prolongaba el agravio.

Bueno cuñado, todavía podes contarla; qué digo, contarme –profirió desde un tono apacible, y continuó-. Decime, ¿por qué le dejaste aquel día este revolver a Gabriela, y por qué con una bala en el cargador? Ah, no creas…, sobre este hecho nada se me olvida. El seconal, ¿formaba parte de tu Plan B?

Siempre había olfateado los peligros. No éste. Traté y logré serenarme. Enseguida apuré mi descargo:

– OK. Es cierto, ese revolver lo heredé de mi abuelo. Aquella tarde, cuando salí de la casa, ni pensé en llevarlo; menos podía saber que carga tenía. De regreso, y al doblar en la esquina, divisé dos autos y gente extraña merodeando la entrada. Asumo mi cobardía. De haber avanzado seguramente no mantendríamos esta escena; tampoco tendría yo la desgraciada fortuna de conocerte. Además, re voy a conceder lo más íntimo de mi revelación: cargaré de por vida con un sentimiento de culpa; es el no haber tenido, aunque en un mínimo atisbo, las bolas que tuvo don Pancho Ramírez por su Delfina. Lo demás, en cuanto al modo en que se llevó a cabo el asesinato, es bien sabido, comenzó con una brutal golpiza, la posterior ingesta por sobredosis, y después… La misma sinrazón que en todos impunes crímenes; igual procedimiento que, hoy todavía, encarnan personeros infames como tu gorila guardaespaldas, y vos misma, al tenderme esta psicótica emboscada. Ya no tengo dudas: me elegiste como chivo expiatorio para trasmigrar tu cargo de conciencia.

Tras lo dicho, vivencié mis últimos segundos de cadáver consciente. En ese momento la cólera de ella aguijó lo primario que había en él. Ambos estaban frente a mí. Como siempre y en todo momento, surgió de ella la voz de mando.

– Se acabó tu tiempo.

No menos breve que estas palabras fue su deliberada acción; encañonando mi sien, gatilló una y otra vez.

Al abrir los ojos reconocí mi habitación. Todavía confuso y maloliente, decidí tomar una ducha. Allí me quedé un merecido tiempo; acto seguido retorné a la pieza. En ese ir y venir, y cuando me disponía a descansar, un nuevo escalofrío atravesó mi esquena: a modo de indicio o de código mafioso descubrí sobre la cama un bolso con el que supe viajar en algún pasado; ahí, pues, semiabierto y a mi espera… Me bastó un vistazo para sospechar el ardid. Con un movimiento lo desparramé por el piso. Desembocaron en desorden –y si se quiere por orden de relevancia- mi revólver junto a un frasco con veinte pastillas de seconal y un mínimo sobre. Algo apartado y como para distinguirse del resto, desafiaba mi confianza una cápsula servida de calibre 32.

Contemplé sin inquietud las alternativas que se me ofrecían. Estaba decidido a no hacerlo; porque si cambié de idea y leí las “instrucciones”:

“a – Libertad de elección. Sólo una de estas armas (aquellas) para tu propia muerte”.

“b – Cuenta regresiva. En un par de horas pasaré por vos. Si todavía no te animaste, mi amigo sabrá cómo”.

“c – Guillermo, me diste la impresión de ser un tipo romántico; no me defraudes”.

La instigación finalizaba con las iniciales “M.G”

En el término de media hora reuní un moderado equipaje. Las demás cosas quedaron en sus lugares como esperando por mi vuelta; en tanto que, con el eco del portazo, también le dije adiós al vecindario. Solivié la carga y a pasos firmes procuré un taxi; de un lado sujetaba la correa del bolso en mi hombro, toda vez que la otra mano se me iba por si misma a la cintura… Ya en el taxi me distrajo esta ingenuidad: para mitigar trataba ahora de cristalizar una señal devolviéndome el 32, cuerpo de aquel y de mi propio delito en sus fallidas coartadas.

Una brusca maniobra del taxista borró mi discutir dejándome a la vista un semáforo en precaución, y, mucho más en ascuas todavía, al observar que circulábamos por los aledaños del barrio con rumbo hacia donde ya no quería ni podía volver. En lo que va del rojo al verde me sentí zozobrar: a menos de cien metros, y desde un coche con vidrios polarizados, bajaban “ellos” en dirección a mi casa con la misma arrogancia de quién va seguro por lo suyo. Me precipité y le indiqué al chofer: “doble acá”. Por única respuesta aceleró sin girar el volante. Fue instintivo: me planché sobre el asiento. Allí, con una oreja envarada y con la otra “viendo” lo que oía, comprendí que me hallaba al arbitrio del conductor. Difícil saber –me dije- si este tipo es integrante de la organización o un rutinario laburante o, en definitiva, y porque ya no había como, me encontraba en manos de un gangster cuentapropista.

Cuando mi criterio lo dispuso verifiqué por donde andábamos… La voz del taxista disipó mis dudas:

– ¿Qué le pasó, olvidó algo?

– Si, nada que valga la pena. Hágame usted el favor, no afloje la marcha; no quiero perder el ómnibus.

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